martes, 2 de febrero de 2016

7up

El simple roce de la agarradera de la mochila con la piel era insoportable y no me atrevía a colgármela al hombro. Mi amigo Iván estaba en la misma situación pero él si se animaba a colgársela aunque con quejas y retortijones parecíamos unos viejitos en plenos achaques por la edad.

Cuando íbamos de camino por la carretera le dije a Ivan en tono de broma que seguramente ni existía el lugar de Gogorrón y me habían ilusionado con ir a conocer un parque acuático de aguas termales.  Dando pie a que existiera la ironía en sus  palabras, él simplemente me asentó con la cabeza diciéndome que era verdad y que faltaba menos para llegar. Desde que lo conozco vivo en un conflicto por saber si lo que me dice es verdad o mentira.

Habíamos llegado a San Luis dos días  antes, mi gran inquietud era conocer la tierra de mi familia donde según me relataban, mis abuelos vivieron sus primeros años de matrimonio. Mi mamá y mis tías se habían ido a vivir a la capital muy pequeñas y apenas tienen destellos de recuerdos del lugar que las vio nacer.

La mayor parte de la ciudad potosina me pareció tranquila y sobre todo limpia, es peculiar para alguien que ha vivido en la ciudad que le llame la atención que en cada esquina encuentres un cesto de basura, con ello te ahorras el trabajo de ir cargando ese papelito o envase de refresco que no te atreves a tirar en la calle por el respeto cívico que se te inculcó desde pequeño, si es que se tuvo la suerte de crecer en una familia con valores de educación.  

El primer día fue destinado a conocer el centro de la ciudad. Ya había tenido una referencia vana por lo que me contó mi familia, y en verdad no se equivocaron al describírmelo como pintoresco y sencillo a comparación de otros que existen en México; soy consciente que el punto de vista de mi familia esta recargado de añoranza y cariño familiar que sin duda también me arrastra a verlo de esa manera. Considero que cada uno tiene su encanto y el de San Luis no es la excepción, conformado, en un simple avistamiento, por colosales cúpulas de Iglesias casi pegada una con la otra, que pareciera que se han acompañado como esos compañeros de escuela que empiezas el ciclo escolar y ni te imaginas lo significativo que puede llegar a ser su compañía al pasar los años.

Al contemplar las calles del centro de San Luis llenó el panorama céntrico potosino de un distinguido cumulo arquitectónico de la época virreinal además del agregado aroma a piedra, seguramente por la cantidad de edificaciones de cantera que en él se han depositado. Conocí apenas la entrada de la parroquia de San Agustín famosa por sus solicitudes de boda, y no es la excepción con mis amigos pues me compartieron su proyecto venidero. Según Ivan seré de la lista de invitados que no sabrá donde meter. Lo gracioso de conocer esa parroquia es que nunca me imaginé que en los balcones de la casa que se encuentra a un costado del atrio fue donde vivió mi abuelito. Quisiera que viviera para que me contara más leyendas de esas calles estrechas por donde hoy en día apenas y cabe un coche pues es evidente, sí se fija uno bien, que fueron hechas para caballos y carretas.

En algunas ocasiones había tenido la oportunidad de experimentar cambios bruscos de clima en la ciudad de México en donde por la mañana se respira un aire invernal pero más tarde se da la cantidad exacta de calor sofocante que merece un día de verano, o como dirían mis amigos potosino, que cala;  y ya cercana la noche la típica ventisca otoñal que anuncia la venida de una tormenta nocturna. Todo eso es común experimentarlo en estos tiempos en un sólo día donde la división de las estaciones del año se ha quedado en la plática de las generaciones de los grandes.

Lo gracioso fue lo que vivimos esa tarde de sábado. Apenas con haber atravesado el parque central en el barrio de Tequix se nos presentó un diluvio acompañado de sol, aire y hojas cecas de esos árboles que todavía perduran en cumplir su ciclo de vida y muerte pero dejan sus hojas caer para renovarse después. Valeria siempre tiene la suerte de usar sus vestidos blancos primaverales en los días menos indicados, a lo mejor son una señal de buen augurio, aunque ella no lo quiera ver así, cuando sus pies se empapaban tanto de las gotas de lluvia que en la banqueta se salpicaban unas con otras, como de la propia brisa que se generaba ya para ese momento con fuertes vientos por el diluvio. Ni siquiera un sistema de monitoreo climatológico lo hubiese pronosticado y tampoco nos hubiesen creído, fue tan repentino el cambio de clima que de un momento a otro se había quitado nuevamente la lluvia.

A lo mejor Valeria tenía razón y lo predije; ganas no le faltó al cielo para nevar, aunque en la noche si hizo frío que también nos caló a los tres, lo gracioso fue que ya había comenzado hablar como ellos. Me impresiona la influencia que puede tener en uno las personas con las que te juntas, dicen que comienzas a ser como ellos. Sólo recuerdo la mirada de Valeria en donde se lee una desconfianza por si manejo brujería o esas cosas.

De camino de regreso a la casa de Ivan se decidió pasar al supermercado por las provisiones del día siguiente. Tuve antojo desde hace varios días de un refresco de sabor; desde pequeño he tenido el gusto por el de sabor a limón y se me dio la oportunidad ese día de escogerlo pero la verdad es que no tomé en consideración la opinión de mis amigos en ese momento para escoger el refresco y por lo que pasó después comienzo a pensar que fue el tan popular karma que le llaman.

Al día siguiente teníamos que prepararnos temprano para aprovechar la mayor parte del día. Toalla, chanclas, traje de baño y bloqueador eran la prioridad. Valeria, Ivan y yo fuimos el trío animado para ir a conocer este sitio, famoso por sus aguas termales.

El clima caluroso lo ameritaba y no dejaba de pensar en el refresco que habíamos comprado la tarde anterior en el supermercado, deseé poder disfrutar de un trago. Al llegar, fue la averiguación de Ivan al voltear a vernos que se constató que el famoso refresco se había quedado en el camión.

No sé con certeza si fue el cambio de clima, la quemada que nos pegamos en los hombros o el cortón que hice en el bar al pedir la cuenta más temprano de lo que se permite en una charla de amigos lo que más significó en esta visita a la ciudad de mi familia, lo que sí estoy seguro es que me quedé con mucho antojo de un trago del refresco olvidado en el camión. A los pocos días tuve que ir a comprar uno, creo que fue por el antojo y en esta ocasión, no se perdió.


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